Refugiadas: las alas de la mariposa que sobrevuelan la pandemia

Refugiadas: las alas de la mariposa que sobrevuelan la pandemia

Elena Belenguer García | Altaveu #5 2020

Anochece en Colombia. Un avión despega en uno de los aeropuertos del país. En él, Claudia y su hija de siete años huyen viéndose obligadas a dejar atrás parte de su familia. Su lucha en defensa de los derechos humanos, traducida en años de persecuciones y amenazas, fue el motivo de su involuntaria partida organizada a través de un programa de protección de Amnistía Internacional. Amanece en España. Claudia empieza su nueva vida “de menos cero” y con un gran desarraigo interno por la imposibilidad de tener consigo a sus otros dos hijos mayores y su madre. Ocho años después, sigue amaneciendo en Valencia en medio de un confinamiento que, para ella, solo ha sido uno más en su historia como mujer refugiada.

Este ámbito, fuertemente feminizado, supone una de las principales salidas laborales para las mujeres refugiadas, solicitantes de asilo o migrantes.

Pese a que la tasa de mortalidad por la COVID-19 ha sido mayor en los hombres, la situación cambia de género cuando se analizan los efectos sociales y económicos de la crisis sanitaria. Los daños colaterales de la pandemia se escriben en femenino y, cuando interseccionan el ser mujer y refugiada, solicitante de asilo o migrante, el impacto agrava la situación de vulnerabilidad en que viven. La puntualidad de la crisis, provocada por el coronavirus, se convierte en un pico más en la gráfica vital de quienes huyen del confinamiento, incertidumbre y riesgo crónicos.

La pandemia tiene rostro de mujer

Claudia trabajaba en una empresa de confección valenciana. El 30 de abril, un mes y medio después de la declaración del estado de alarma, fue despedida. El reconocimiento social que tenía en Colombia, como una importante figura en la defensa de los derechos humanos, una actividad fuertemente perseguida, fue sustituido por el anonimato y el encasillamiento laboral que sufren muchas mujeres refugiadas, solicitantes de asilo o migrantes en España. Fue así como encontró su hueco en los cuidados, un sector que, según indica Claudia, “no se sabe si se ha situado en el centro del debate o en el centro de la discriminación” durante la pandemia.

El trabajo de cuidados, remunerado o no, se ha ubicado en la primera línea de respuesta al virus. Este ámbito, fuertemente feminizado, supone una de las principales salidas laborales para las mujeres refugiadas, solicitantes de asilo o migrantes. Según el Estudio sobre la situación laboral de la mujer inmigrante en España, realizado por la Organización Internacional de las Migraciones en el año 2015, “cuarenta de cada cien mujeres de origen inmigrante en España trabajan actualmente en la franja ocupacional del sector de los cuidados”. Sin embargo, pese al importante rol asumido durante la crisis del coronavirus y la consiguiente sobreexposición al contagio, la precarización es constante.

Lo que la ciudadanía ha podido sentir durante el confinamiento es el día a día de una trabajadora interna.

En el caso de las trabajadoras del hogar, las alternativas han sido dos: el despido o hacer internas a quienes estaban trabajando sin una mejora de sus condiciones laborales. Como indica Marcela Bahamón, de la Asociación Intercultural de Profesionales del Hogar y los Cuidados (AIPHYC), “quienes estaban internas han sido confinadas sin descanso, sin siquiera negociar si iban a pagarles esos descansos en tiempo o en dinero”. La vida de la empleada del hogar queda, por tanto, en manos del empleador, en una rueda en la que “siguen sin serles reconocidos derechos básicos, como la prestación por desempleo, y padecen la informalidad y el abuso de todo tipo”. Así lo señala Arturo Borra, técnico de empleo de Accem, quien remarca que “pese a ser considerado esencial para la propia supervivencia de la sociedad, la desvalorización del trabajo de cuidados se ha agravado”. La paradoja queda al descubierto y a ella se suman otros factores.

Además del empeoramiento de las condiciones laborales de las mujeres refugiadas, solicitantes de asilo y migrantes, la crisis está provocando un aumento de las discriminaciones. Como indica Borra, “quienes más sufren la vulnerabilidad, la explotación y la discriminación son responsabilizadas, una vez más, de una situación crítica que, desde luego, nadie ha elegido”. La ola xenófoba y racista rompe con más fuerza y en ella giran las mujeres refugiadas, solicitantes de asilo y migrantes, quienes se enfrentan, en su mayoría, a una triple condición de vulnerabilidad y discriminación: como mujer, como trabajadora y como inmigrante. 

El encierro también ha dificultado y promovido la adaptación de los programas de atención psicosocial y laboral, evidenciando otro de los grandes problemas a los que se enfrentan las mujeres refugiadas, solicitantes de asilo y migrantes: la brecha digital de género. Es, precisamente, lo que han detectado desde el programa Accem Ariadna de Integración Sociolaboral para personas refugiadas, puesto que, como apunta Borra, “las personas en riesgo de exclusión social no han podido en algunos casos solicitar las ayudas que públicamente se activaron”. 

Todo ello en un contexto en que la lucha por la igualdad de género puede perder su posición en la agenda política, mediática y social -tanto nacional como internacional- y que, en el caso español, ha llegado incluso a ser criminalizada por el discurso de la extrema derecha en relación con la manifestación del 8 de marzo. En este sentido, como indica María Solanas, directora de Programas del Real Instituto El Cano, se ha de “evitar que la igualdad sea una política ‘sólo para tiempos de bonanza’, y garantizar que la perspectiva de género cobre aún mayor sentido en contextos de crisis como mejor manera de superarla como equidad”. Un punto de inflexión para el feminismo y sus múltiples voces.

El confinamiento crónico y la crisis como normalidad

Para Claudia, este no ha sido su primer confinamiento. Sin embargo, sí que ha habido un cambio fundamental: la esperanza de vida. “Cuando el gobierno decretó el estado de alarma y la orden de quedarse en casa, lo tomé como una manera de proteger mi vida. Por el contrario, cuando me confinaba en Colombia era por mi propia decisión y como forma de autoprotección frente a las amenazas que recibía”, explica. Tras un duro trabajo, pudo traer a España a sus dos hijos y a su madre, con quienes ha pasado la cuarentena. Todo ello no le ha impedido seguir con su lucha y forma parte de la Colectiva de Mujeres Refugiadas y Exiliadas de Colombia, desde donde trabaja para visibilizar el exilio, especialmente desde las voces de las mujeres.

La doble preocupación entre lo que sucede en España y en sus países de origen es uno de los efectos acrecentados por la pandemia. Como apunta Marcela Bahamón, de la AIPHYC, “hay mujeres que están aquí solas, con todos sus hijos e hijas en el país de origen, a lo que se suma el estrés y el agotamiento de estar confinadas, trabajar de domingo a domingo y no descansar las horas semanales correspondientes”. Lo que la ciudadanía ha podido sentir durante el confinamiento es el día a día de una trabajadora interna: “aunque quieras salir no puedes porque hay algo que te lo prohíbe”, señala Bahamón.

“Las mujeres refugiadas hemos vivido la resiliencia toda la vida. Todos los días nos encontramos situaciones que nos hacen retejernos entre nosotras y transformar nuestro dolor en esperanza”.

Pero, ¿qué es ese algo? La visibilidad de la guerra, las amenazas o el hambre -perceptibles por quienes las sufren- contrasta con la invisibilidad del virus. Esto ha hecho que muchas mujeres reconecten con sus experiencias pasadas en las que se han sentido privadas de su libertad. Como indican desde el equipo psicológico de CEAR-Valencia, “cuando llegan aquí y parece que tienen algo de oxígeno para rehacerse de las experiencias que le han causado daño, se encuentran con una crisis sanitaria que les pone nuevamente en una situación en la que hay un enemigo fuera, pero es invisible”. 

Al mismo tiempo, sobre las mujeres recae, en la mayoría de los casos, la gestión emocional de la crisis -especialmente por el rol de cuidados asumido, lo que afecta a los autocuidados y a la salud mental-. Ello ha conllevado la aparición de trastornos emocionales generados por el confinamiento, como han identificado desde el equipo psicológico de CEAR-Valencia, quienes han visto en las mujeres atendidas cómo “la ansiedad se disparaba y el miedo paralizaba a algunas de ellas”.

Con todo, la puntualidad de la crisis derivada de la COVID-19 no es más que un episodio más en la crisis crónica que viven las mujeres refugiadas, solicitantes de asilo y migrantes; al tiempo que la bautizada como “nueva normalidad” no supone algo novedoso, sino una continuación de la precarización y vulneración que viven a diario. Para ellas, la normalidad es la crisis y, lo que ha quedado en evidencia, es que son unas supervivientes permanentes.

Re-definiendo la respuesta: feminista y unificada

Rachida llegó a España desde Siria en 2016 junto a su marido y sus cuatro hijos. Desde hace aproximadamente un año trabaja con la ONG URDA Spain en un proyecto que, a raíz de la crisis del coronavirus, se ha adaptado a las circunstancias y ha pasado a fabricar las “Mascarillas RefugiARTE”. ¿El objetivo final? Como explica Pablo Cerezal, responsable de comunicación de la organización, “lograr el empoderamiento real de las mujeres participantes y constituir que sean autosostenibles”.

Para Rachida, este trabajo supone “formar parte de un equipo fuerte contra la pandemia”: “todas fuimos de una mano para ayudarnos y mejorar el futuro”. Para quienes manejan la crisis como normalidad, las redes de apoyo han constituido un pilar fundamental para superar el aumento de la incertidumbre, la precarización y la vulnerabilización. Como indica Marcela Bahamón, de la AIPHYC, “a nosotras este momento para lo único que nos ha servido como asociación es para darnos cuenta que tenemos compañeras en otros sitios, como asociaciones u organizaciones, donde no sabíamos que teníamos tanto apoyo”. 

En los procesos de solicitud de asilo, ellas han sido parte de los pilares de la acogida de quienes llegaban a España por primera vez. Desde el equipo psicológico de CEAR-Valencia lo tienen claro: “ellas han sido nuestras maestras de empatía”. A ello se suma que, en muchos casos, las vivencias previas de cada una de ellas han servido para hacer frente a esta situación: “ellas son nuestras maestras en muchos sentidos porque ellas han vivido en contextos con diversas formas de violencia y han pasado por situaciones de privación de libertad”. 

“Al llegar el coronavirus se despiertan muchos recuerdos y muchos miedos, pero sabemos que todo se puede superar con esfuerzo y trabajo para un mejor futuro”. Rachida reflexiona así sobre esa capacidad para superar situaciones adversas que, como indica Claudia, es algo diario en el caso de las mujeres refugiadas y solicitantes de asilo: “las mujeres refugiadas hemos vivido la resiliencia toda la vida. Todos los días nos encontramos situaciones que nos hacen retejernos entre nosotras y transformar nuestro dolor en esperanza”. De esta forma, a la crisis crónica se superpone la resiliencia como normalidad, una cuestión que, como apunta Bahamón, “se asume y no sabes que eres resiliente hasta que empiezas a descubrir lo que significa esa palabra”.

Todo ello puede traducirse en una oportunidad; un momento para redefinir la “nueva normalidad” y coordinar una respuesta con una clara perspectiva de género. El primer paso, como destaca Arturo Borra, técnico de empleo de Accem, es transformar la normalidad que teníamos; la “nueva normalidad” no puede significar “volver a esas prácticas que no son deseables”. La crisis, que está afectando más a las mujeres, implica el riesgo de un retroceso en términos de igualdad de género, por lo que es necesario diseñar e implementar políticas públicas integrales desde una perspectiva de género y de derechos como respuesta a la pandemia. 

Para ello, el prefijo ‘re-’ se convierte en clave: rehacerse ante una situación que hace reconectar con los episodios pasados vividos, retejernos entre nosotras y redefinir el concepto de sororidad, reinventarse como personas y repensar el feminismo para que incluya las voces de las mujeres refugiadas, solicitantes de asilo y migrantes, y sus necesidades y aprendizajes. Como destaca Claudia, “poco a poco tenemos que ir abonando el terreno para construir una igualdad real, solidaridad y, sobre todo, conocer el trasfondo de la palabra sororidad”. Como la mariposa, que se enfrenta al exterior mientras se desarrolla internamente, se abre el momento de renacer y transformarnos. Comienza la metamorfosis.

Unirme a la discusión