Incertidumbre, la otra pandemia

Incertidumbre, la otra pandemia

Tamara Atienzar Nova | Altaveu #5 2020

La crisis sanitaria agrava la situación de las personas solicitantes y refugiadas que ya vivían en una inseguridad constante

Después de muchos desplazamientos internos por varios territorios de su país, a Claudia no le quedó más remedio que anochecer en Colombia y amanecer en España, literalmente. Tuvo que abandonar su tierra en 2012 por motivos de seguridad y llegó a Europa gracias a un programa de protección de Amnistía Internacional. Ahmad llegó dos años después, en 2014, y lo hizo acompañado por su mujer que, en ese momento, estaba embarazada. De origen palestino, reconoce que nunca ha visitado Palestina a causa de los conflictos. Años atrás fueron sus abuelos quienes buscaron refugio en el Líbano y allí nacieron sus padres y también él. Desde Siria, uno de los países vecinos al Líbano, salió Emad hace años, huyendo de la guerra que asolaba al país desde 2011. Pasó por cinco estados antes de entrar en 2018 en España.

Tres países y tres historias. Relatos diferentes pero que guardan muchas vivencias en común. Tres vidas que se vieron obligadas a abandonar su tierra forzosamente para sobrevivir, persiguiendo algo tan humano como la búsqueda de refugio. Enfrentándose al miedo y la incertidumbre de llegar a un nuevo lugar, en algunos casos sin apenas garantías, y sorteando las dificultades que surgían. Ahora, hacen frente a las consecuencias que ha dejado el coronavirus. Una crisis sanitaria que ha afectado con más fuerza a los que ya eran más vulnerables y que, a muchos de ellos, les obliga a comenzar casi de nuevo.

Cuando vivía en Colombia, Claudia trabajaba en una organización de víctimas del conflicto armado, visibilizando la violencia y la violación de los derechos humanos que sufren las mujeres durante las guerras. Exigían al gobierno la restitución de sus tierras, las cuales  les habían sido expropiadas con el fin ponerlas en manos de grandes multinacionales; descubriéndose y exponiéndose, así, frente a los grupos armados del país. Como consecuencia de este activismo, Claudia sufrió persecución y un duro secuestro de tres días a manos de un grupo paramilitar. Algunas de sus compañeras incluso llegaron a ser violadas y asesinadas: “las mujeres que hacemos activismo en los conflictos somos muy violentadas, estamos en el medio del fuego cruzado”, explica al rememorar ese tiempo; “me tocó vivir muchísimas cosas que me contaban de la guerra. Ahora las cuento yo porque las he visto y las he vivido”, sentencia con coraje y una voz contundente.

Su deseo nunca fue venir a España, quería vivir y criar a sus hijos en Colombia. Jamás imaginó su vida en otro lugar, pero tras el asesinato de su hermano, no le quedó otra opción. Tuvo que huir para proteger su vida y el programa de Amnistía Internacional la trajo hasta aquí. “No fue una decisión propia, nuestro objetivo no es dejar nuestro país”, reivindica, “el primer dolor más grande es el desarraigo que sentimos de nuestras tierras, cultura y entorno”. Cuando llevaba ocho meses en nuestro país, entidades defensoras de los derechos humanos en Colombia informaron a Amnistía Internacional que no tenían las condiciones para garantizar su seguridad si volvía: “no regresar a mi país fue una de las decisiones más duras que he tenido que tomar”, relata Claudia;  “pero por protección a mi vida e integridad personal, decidí solicitar asilo y quedarme”. Por eso explica que su llegada no fue lo difícil, sino que lo complicado comenzó después, cuando acabó el programa de protección.

Empezó, entonces, un largo proceso en el que tuvo que construir su vida desde cero junto a su hija de nueve años, mientras trataba de conseguir que el resto de sus hijos y su madre pudieran reunirse con ella: “Había dejado a mi familia en medio de la guerra”, cuenta Claudia, “y seguían cargando el duro señalamiento y la persecución que con mi activismo les había dejado”.

En estos ocho años ha trabajado en todos los empleos que le han ido surgiendo sin dejar de reivindicar los derechos de las mujeres de su país, incluso desde la distancia. De hecho, haberse visto obligada a abandonar su organización y su posición política por venir a España y tener que trabajar en otros oficios, en los que ni siquiera estaba asegurada ni tenía derechos, es una de las cosas que más le sigue doliendo. Justo antes de la irrupción del coronavirus, trabajaba en una fábrica del puerto de Valencia cosiendo velas para embarcaciones; pero con la crisis sanitaria perdió el empleo.

Ahmed remarca que el trabajo para las personas refugiadas es mucho más que una actividad. Según explica, se convierte en un mecanismo esencial para integrarse en la comunidad y estar en contacto con el idioma y la cultura.

Ahmed es otra de las personas solicitantes de refugio que se quedó sin trabajo a causa de la pandemia. Licenciado en Estudios Internacionales por una universidad de Estados Unidos gracias a una beca, era trabajador social en una ONG de su país, donde se dedicaba a ayudar a otros refugiados. Prestaba apoyo y orientación a personas de Palestina y de Siria, que llegaban hasta el Líbano en busca de seguridad, huyendo de la guerra. Reconoce que tardó años en encontrar este puesto porque, según cuenta, las leyes para los palestinos en ese país son muy difíciles y existe mucha discriminación: “yo no puedo comprar un piso allí”, explica Ahmed, “y hay más de 70 tipos de trabajos o estudios a los que yo no puedo acceder por el simple hecho de ser palestino”.

Cuando su mujer se quedó embarazada, decidieron iniciar los trámites para trasladarse a España, con el objetivo de que su hijo pudiera crecer en libertad y con seguridad: “quería que mis hijos estudiasen y trabajasen donde quisieran”, dice Ahmed. El procedimiento para conseguir un visado que les permitiera trasladarse a España fue muy largo, costoso y difícil. “Hay gente que viaja ilegal y hay personas que mueren en el mar”, critica; “me siento afortunado porque conseguí un visado legal”.

Las cosas no fueron fáciles a su llegada a España. Los primeros meses se alojaron en una residencia de personas solicitantes de refugio y después se trasladaron a un piso. “La vida fue dura y lo es para todos los refugiados”, admite. Según Ahmed, no es fácil encontrar un trabajo para alguien que viene de fuera y mucho menos encontrar un puesto acorde a los estudios de su país de origen. Empezó siendo camionero y también trabajó como mediador en un centro de menores de Gandía durante un año. Antes de la crisis se dedicaba a hacer traducciones del árabe al inglés, pero con la pandemia le cancelaron todos los proyectos. Sigue teniendo que hacer frente al pago del alquiler y las facturas; pero intenta salir adelante sin recurrir a nadie: “no me gusta pedir ayudas de oenegés, me gusta ser independiente y pagar nuestros gastos”, apunta. Además de las dificultades económicas que supone quedarse sin empleo, Ahmed remarca que el trabajo para las personas refugiadas es mucho más que una actividad. Según explica, se convierte en un mecanismo esencial para integrarse en la comunidad y estar en contacto con el idioma y la cultura.

La situación provocada por el coronavirus les ha dejado en una posición complicada. Especialmente, porque ya era más costoso encontrar empleo para este colectivo antes de la crisis: “creo que para todo el mundo es muy difícil, pero para los refugiados no era fácil encontrar trabajo en una situación normal y ahora es peor”, dice Ahmed, quien afirma que lo más duro, desde que llegó, ha sido lidiar constantemente con la incertidumbre de encontrar empleo ante la inseguridad e inestabilidad de los contratos.

“Yo ya sabía lo que era estar encerrada”, cuenta Claudia.

Algo en lo que también coincide Emad. Antes del coronavirus trabajaba descargando vino y no estaba asegurado; actualmente no tiene ni esa actividad. Al igual que Claudia y Ahmed, vino a España en busca de seguridad. El primer país al que entró tras abandonar Siria fue Turquía. Después, se trasladó a Sudán y, más adelante, a Libia. Desde allí logró moverse hasta llegar a Argelia. El último país en el que estuvo antes de lograr entrar a España fue Marruecos. Llegó a nuestro país hace dos años y recuerda que sintió miedo porque no conocía a nadie ni entendía la lengua. Todavía tiene dificultades para comunicarse en español, pero se esfuerza por aprender y compartir su historia. Reconoce que uno de los principales obstáculos para encontrar empleo es el idioma. Es soldador pero en la mayoría de puestos le exigen el carnet de conducir y acaba siendo un círculo vicioso: “no puedo sacármelo porque los exámenes solo son en español y, además, vale mucho dinero”. Tampoco puede optar a otro tipo de empleos como, por ejemplo, en el sector de la restauración por la barrera idiomática, con lo que las opciones se reducen a pesar de su empeño y sacrificio.

Lamentablemente, la incertidumbre a la que se exponen no es nueva para ellos y, en algunos casos, tampoco lo era el confinamiento. “Yo ya sabía lo que era estar encerrada”, cuenta Claudia. Cuando vivía en Colombia tuvo que cambiar de vivienda varias veces y confinarse para proteger su vida: “he tenido que encerrarme para que no me asesinen”. Por eso, este confinamiento ha sido totalmente distinto para ella. Ahora “estaba encerrada por mi voluntad y el objetivo del gobierno era la protección de nuestra salud y nuestra vida; la perspectiva cambia completamente”, asegura.

Según un informe publicado por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), un 1% de la población mundial se ha visto obligada a huir de sus hogares, un porcentaje que ha crecido respecto al año anterior. Son muchas las personas que todavía no lo han conseguido. De hecho, España solo aceptó el 5,2% de las solicitudes de asilo resueltas, mientras que la media europea es del 31%, tal y como recoge el mismo documento.  Numerosas organizaciones han denunciado el auge del racismo y la xenofobia tras la pandemia de la COVID-19 y alertan de las consecuencias que puede tener el odio hacia las personas refugiadas.

“Quiero ser coherente con lo que vivo y con lo que hago”, dice Claudia, “por eso conservo el estatuto de refugiada como una posición política”. Lo hace por ella, por Ahmed, Emad y por todos aquellos que se vieron obligados a salir de sus países huyendo de la guerra, la violencia, el conflicto o la persecución. Por quienes tuvieron que cruzar fronteras y dejar atrás sus hogares, familias y trabajos para buscar refugio en otro lugar. Por todas esas vidas que navegan en la incertidumbre y cargan con prejuicios, en medio de una crisis sin precedentes, que parece servir de excusa a muchos gobiernos para levantar más muros. Claudia alza su voz: “me siento migrante, exiliada y refugiada”, sentencia con firmeza. Ojalá nadie olvide que todos ellos tampoco deben quedarse atrás.

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