Madres que migran

Madres que migran

La historia de tres mujeres que emprendieron el viaje migratorio con sus crianzas

Mathias Rodríguez | Altaveu #5 2020

Hablar de maternidad y refugio implica siempre un gran reto a la narración, pues resulta difícil contar con palabras unas historias con tantas emociones y poder de supervivencia. Mujeres que llevan en sus cuerpos las huellas de la maternidad, atravesadas también por el viaje migratorio que las empuja a salir de sus territorios en busca de una vida mejor, para ellas mismas y para sus crianzas. Tanto desde el momento de ser madres, así como durante la realidad de la migración y la búsqueda de refugio, estas mujeres han escrito en sus memorias una cualidad única: la de ser madres que migran.

No existe poder legítimo alguno que sea capaz de restringir o violentar el vínculo entre una madre y sus hijos.

En tiempos de pandemia, y especialmente durante el confinamiento, si algo hemos aprendido, como personas y como comunidad, es la importancia y la mayor consciencia de que los cuidados son la base esencial para la preservación de la vida. La ética de los cuidados ya los ponía en el centro desde hace tiempo, pero ha sido solo hace unos meses que la relevancia real de aspectos esenciales, como la alimentación, la salud o los afectos, ha quedado marcada en la memoria de todos. Para los más pequeños, este virus ha significado abandonar, de repente, el ritmo habitual de actividades y de socialización, también esencial durante la infancia y el proceso migratorio. Padres y madres, en este caso, que ya habían sido marcados por tal proceso, con la amenaza de unas fronteras, tanto físicas como administrativas, en las que muchas veces la vida también se pone en riesgo. 

Esta es la historia de tres mujeres y madres migrantes, aunque actualmente hay más de 4 millones de personas que buscan refugio y asilo lejos de sus territorios. Según el último informe de CEAR, la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, casi la mitad son mujeres, pero se trata de una realidad, la de buscar refugio en femenino, que muchas veces queda sumergida en la invisibilidad. Las mujeres que protagonizan estas historias son retratos vivos de un gran poder de resiliencia, por el hecho de ser mujeres y de ser madres, pero también lo son por haberse lanzado a emprender la migración, viviendo su maternidad en tránsito o desde el nuevo territorio de acogida. Al hablar de maternidad y migración, parece perder sentido cualquier ley o discurso que no sea el del absoluto respeto y la admiración. Partiendo de que ningún ser humano es ilegal, la importancia de estas tres historias se encuentra muy por encima de cualquier aspecto formal, legal o burocrático, poniendo de manifiesto que no existe poder legítimo alguno que sea capaz de restringir o violentar el vínculo entre una madre y sus hijos. 

“Hay mujeres que se ven obligadas incluso a dejar a sus hijos pequeños, pero para mí era muy duro dejar al niño. Tenerlo aquí conmigo es una motivación para seguir”.

Laura, Susana y Cecilia, son los pseudónimos de estas tres mujeres que hablan con voz propia. Madre de tres, dos y tres, respectivamente, todas emprendieron el viaje migratorio hace menos de dos años y lo hicieron con sus pequeños a cuestas. Dos de ellas tuvieron que separarse de alguno de sus hijos durante más de seis meses, y en el caso de Laura, sus dos hijas mayores, de diecinueve y veinte años, siguen estando lejos. “Mi vida cambió mucho cuando fui madre. Ahí el cambio fue total porque significó un giro en todos los planes de mi vida. Aún así, tuve tres”, dice Laura, mientras cuenta que, de momento, sólo pudo traer al pequeño, pero espera poder reunir pronto a toda la familia. “Hay mujeres que se ven obligadas incluso a dejar a sus hijos pequeños, pero para mí era muy duro dejar al niño. Tenerlo aquí conmigo es una motivación para seguir. Mis dos hijas ya son más grandes, aunque siempre estoy pendiente de ellas y espero que puedan venir pronto”, añade. 

Una es maestra de educación infantil y la otra estudia derecho. Al pequeño, en cambio, le gusta saber de sistemas y de ordenadores. “Cuando estábamos en Colombia, él hacía videos y los subía a YouTube para que sus amigos le dieran ‘like’ y se suscribieran al canal. Ahora ha dejado de hacerlo porque ya no tiene su ordenador. Todas esas cosas las vendimos para poder viajar, pero siempre le digo que haga o estudie lo que le gusta. Le veo como un gran programador”, recuerda. 

Susana, por otro lado, describe que la maternidad revolucionó su vida. Cuenta que hace dos años, cuando tenía 33, fue madre primeriza y de mellizos. “Ahora tengo otras libertades distintas, con más responsabilidades; pero a la vez es una experiencia muy bonita, porque ellos me llenan de alegría todos los días y tenemos un motivo más para luchar y salir adelante”, explica en una de las entrevista que realizamos por videollamada. “No le escucho bien porque están llorando. Ellos no me van a dejar. Les dio por alborotarse a esta hora”, advierte, mientras Emilia y Anderson gritan y corretean por su espalda. Finalmente, cuenta que llegaron en avión, todos juntos, hace poco más de un año, y que los pequeños ahora están a punto de cumplir tres.

“Yo llegué con muchas interrogantes y muchas incertidumbres, porque no sabía exactamente a dónde estábamos yendo o qué nos iba a pasar.  Empezar de cero es difícil, y más con los peques, porque es una responsabilidad mucho más grande”, expresa Susana. Recuerda que sus hijos tenían un año y medio, y que “no entendían mucho lo que pasaba, aunque igualmente notaron mucho el cambio”. Explica que al principio se enfermaron y todo el primer mes fue muy complicado. “No sé si por el clima, la comida o la gente nueva. Ellos extrañaban mucho eso y les faltaba el resto de la familia”. Por eso, cuenta que “tomar la decisión de buscar refugio en otro país fue lo más difícil, porque significaba empezar de cero con la incertidumbre de no saber si saldría bien o si funcionaría. Son decisiones que ni siquiera imaginaba tomar”, agrega.

La historia de Cecilia, que llegó hace menos de un año desde Venezuela, también hace referencia a sentimientos un tanto contradictorios en torno a la migración desde la posición de madre. Ella es la mamá de Lucas, Martín y Sofía, y fue el mayor de los tres el primero de la familia en migrar, hace casi cuatro años, cuando todavía tenía 17. Más de dos años después, se reencontraba con su madre y sus hermanos en la Estació del Nord donde les esperó durante horas. “Estábamos felices. Nos abrazamos, lloramos. Llegamos a la estación a las 12 de la noche. Fue un viaje muy fuerte, pero a pesar de todo mis hijos supieron llevarlo bastante bien y estoy orgullosa de eso”, recuerda. 

Para ella, el viaje implicaba “sentimientos encontrados” porque significaba, por un lado, desprenderse de su territorio y de sus raíces, pero a la vez le permitía volver a estar cerca de su hijo. “Sentí la tristeza de no saber cuándo iba a volver a ver a muchísima gente; a mi familia, a mis vecinos, a mis compañeros de trabajo, gente que quizá no sé si volveré a ver, pero también tenía la ilusión de reencontrarme con mi hijo y de saber que los pequeños podrían tener un futuro mejor”, narra. 

Aunque cada una de ellas tiene su historia particular, las tres madres coinciden en que son sus niños y niñas quienes se adaptan mejor a esta nueva realidad que ahora viven. “Los pequeños se adaptan más fácil a las circunstancias, porque los mayores estamos en el presente pero también pensamos mucho en el futuro. En cambio, ellos no tienen esas preocupaciones, y tienden a  verlo todo como un juego”, responde Susana. Un juego que también ha sido esencial durante los largos meses de confinamiento, en el que las niñas y niños vieron cambiar sus vidas, de un día al otro, con la aparición de este nuevo elemento de riesgo, el virus, que concentraba toda la atención de los adultos y que modificaba sus conductas y sus hábitos de forma repentina. 

Coinciden también en visualizar sus vidas aquí, en Valencia, al menos durante los próximos años. “En el futuro veo a mis hijos aprendiendo muchas cosas y conociendo muchos lugares nuevos”, imagina Susana. “Las veo buenas personas y buenas profesionales. Mi abogada, mi profesora y mi programador”, apunta Laura. “Estoy segura de que serán exitosos haciendo lo que quieran hacer”, concluye Cecilia. Un futuro del que estas mujeres son partícipes, aportando su inmenso poder de resiliencia y una gran riqueza de experiencias que han marcado su vida y que les han dejado grandes enseñanzas para transmitir el legado a las futuras generaciones.

Unirme a la discusión