Entre el logos y el ‘lag’: una experiencia docente en tiempos de pedagogía virtual

Entre el logos y el ‘lag’: una experiencia docente en tiempos de pedagogía virtual

Rafael de Luque Esteban | Altaveu #5 2020

Imaginen una puerta cerrada…

No es infrecuente en un aula, pero sí que nada se escuchara al otro lado, acaso un silencio que señalaba con ecos sordos el lugar en que antes se percibían voces. Un vacío ominoso, no dialógico, en un mes de marzo que debía haber sido pirotécnico y floral; pero que, muy al contrario, de repente, se acalló… El confinamiento llegó y, súbitamente, todo viró hacia otra dirección.

Me atrajo el desafío pedagógico del nuevo escenario.

Desde luego, yo no lo esperaba, pero me atrajo el desafío pedagógico del nuevo escenario. Creo que su origen, mucho antes de los estudios y las lecturas, vino del gusto por el cine. Tenía por costumbre, en las madrugadas de una juventud neblinosa y noctámbula, el buscar, como si se tratara de fascinantes hallazgos, películas de toda condición. Ocasionalmente, me topaba con cintas que suscitaban mi interés de una manera especial: iniciáticas o de formación, siempre había una trama donde el trasfondo pedagógico, generalmente en una clase, fundamentaba una historia de fortalecimiento, rebeldía y superación. Había muchas y, ciertamente, a veces, lo que me atrapaba de ellas podía comenzar de una manera inopinada, como cuando seguí, como cuento de Hamelin, la melismática voz de Lulu en Rebelión en las aulas (1967). Otras, era la insurgencia promovida por el docente, bien en su versión masculina, El club de los poetas muertos (1989), o, después, en su variante femenina, La sonrisa de Mona Lisa (2003), junto a todos aquellos descubrimientos clásicos como El pequeño salvaje (1970), Educando a Rita (1983) o El milagro de Ana Sullivan (1962), entre otras muchas. Sospecho que vislumbraba en ellas alguna de mis aspiraciones, todavía entreveradas, y, sin duda, me atraía la audacia de sus enfoques y metodologías, que cuestionaban, por mero contraste, las directrices de la enseñanza tradicional -enciclopedismo, memorización, unidireccionalidad y, especialmente, la concepción de la evaluación como elemento central de un proceso que parecía dejar fuera toda individualidad.

Reflexiones y vivencias que iban en aumento, diferentes voluntariados, junto a los años de formación, me permitieron zambullirme en la enseñanza en contextos plurales, interculturales y diversos.

 Déjenme decirles que trabajar como profesor de español en una ONG, particularmente, en el programa de Protección Internacional, con personas solicitantes de asilo, es una tarea adictiva y gratificante -comencemos por ahí-; pero también esforzada. Olvídense de situarse frente a una clase homogénea, de grupo cerrado y estabilidad económica relativa. No es la Welton Academy ni el Wellesley College, tampoco el barrio depauperado del Londres de algunas de esas películas, donde, más allá de su estrato socioeconómico, todo el colectivo representaba una suerte de unicidad, con alguna anécdota divergente, a lo sumo. En las clases de cualquier ONG -y así ocurre en Accem en Valencia, donde trabajo a diario-, lo que impera es una ubérrima y generosa alteridad, que se desborda, cultural y psicológicamente, en un conjunto de unos y otros. Heterogeneidad como eclosión ontológica, como erupción piroclástica de personalidades ricas y complejas que, además, se escanciarán en las clases de los primeros niveles de manera continua e intermitente, como corresponde a un relato biográfico in media res.

En un ser que fue y que anhela seguir siendo, el alumno mostrará como fortaleza su capacidad de adaptación.

Nivelar destrezas en personas adultas con diferentes edades y formación, constituir un grupo estable, generar vínculos entre todos los participantes, es una de mis principales tareas en estos primeros estadios, donde confluirán muchos nombres, muchos orígenes… Y, sin embargo, pese a sus diferencias, todos ellos compartirán, en su principio formal, algo común, una ruptura, un quebranto interior: el alejamiento forzado del país de origen. Pero, asimismo, un poderoso aliado: el valor de una decisión y el coraje de un primer paso…

En un ser que fue y que anhela seguir siendo, el alumno mostrará como fortaleza su capacidad de adaptación -acaso más feliz que el de resiliencia-, pues, junto a las situaciones adversas de las que sobreponerse, experimentará, asimismo, el contacto con las nuevas oportunidades y, con ellas, renacidas expectativas, que serán la base de su motivación.

Sin embargo, pronto advertí que, junto a esas primeras sonrisas, que son sinceras, había variables que se introducían en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Más explícita en unos, más velada en otros, aparecía como constante una fluctuación emocional derivada de los efectos del síndrome de Ulises, los procesos de duelo migratorio, la necesidad por encontrar vivienda propia, tras la convivencia colectiva, las urgencias de acceder al mercado laboral o el anhelo de reencontrarse con todo aquello que hacía de esa persona -en otra geografía, en otra distancia-, un ciudadano completo y establecido. Y, por si no fuera suficiente, añádanle, cual espada de Damocles, una solicitud de asilo que puede denegarse y, con ello, todas las ayudas, que, en cualquier caso, son siempre de carácter temporal. (Tic, tac).

Profundo el escenario, necesario el esfuerzo… Acaso recordando a aquellos mentores del celuloide, quise evitar, desde el comienzo, una enseñanza poscolonial -ya saben, «solo aprenderás lo que necesites para sobrevivir»-. Me parecía, por encima de todo, una limitación arbitraria -¿quién lo determina?-. Cabía la adaptación, el énfasis -trabajo, salud, vivienda-; mas no la renuncia. Al contrario, debía promover -me decía en alguna noche de gatos pardos- los aspectos preexistentes de la estructura cognitiva de los alumnos, introduciendo con equilibrio sus emociones, sus conocimientos del mundo, sus habilidades o gustos. Esto permitiría estimular con diversas vías sus inteligencias y crear con ello los andamiajes precisos para asimilar contenidos después…

Es un esfuerzo social, muchas veces agotador, con sus carencias y sus apremios; otras, interrumpido, con su desgarro; pero, entre unos y otros, avanzamos.

Debo confesar que en esas noches apuntaba más cosas en mi cuadernillo: «el ambiente ha de ser relajado y atractivo», «la oralidad como base comunicativa», «el aprendizaje significativo». Y si, de repente, comenzaba a llover y se escuchaban las gotas repiqueteando en la ventana, me venía arriba y escribía: «las disonancias cognitivas son aprovechables», “el tiempo es limitado, pero hay tiempo», «la atención a la diversidad como axioma, no como cliché». Por fortuna, al despertar al día siguiente, con la tormenta ya distante, las ideas seguían apuntadas.

Lo cierto es que en estas clases he confirmado, día a día, lo acertado de considerar a cada persona como una oportunidad de descubrimiento para ambos. No siempre es fácil, sin embargo. A menudo exige tiempo y diferentes estrategias, además del necesario (y enriquecedor) intercambio de información con el resto de profesionales de Protección Internacional, como corresponde a un trabajo integral. Desde luego, no es este un relato idílico: es un esfuerzo social, muchas veces agotador, con sus carencias y sus apremios; otras, interrumpido, con su desgarro; pero, entre unos y otros, avanzamos.

Y así debiera haber sucedido durante este año 2020, hasta que una mañana el mundo viró…

Ocurrió un par de días antes del 14 de marzo. Se tomó la decisión de cancelar las clases por precaución. Los correos electrónicos comenzaron a llegarme. Eran los alumnos preguntando. Ese mismo día, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decretaba el estado de alarma y, con ello, el confinamiento. Miles de docentes se activaron en esos días para dar clases por videoconferencia; yo fui uno más, en esos momentos de confusión. El 18 de marzo ya tenía abiertos tres grupos, con los que me reunía a diario. En el transcurso de ese tiempo de aislamiento y asepsia social, pude comprobar lo positivo que fue para todos nosotros ver otros rostros, compartir preocupaciones, desterrar bulos o recordar consejos, mientras sentíamos que progresábamos, que no se había detenido todo lo que ya funcionaba desde hacía meses. Sin duda, fueron momentos de procesamiento y cada segundo invertido mereció la pena; pero, cuando llegaba el fin de semana, sentía una inquietud que se acrecentaba conforme pasaban los días… Había otros.

Otros y otras que no disponían de conexión wifi, que carecían de las competencias digitales necesarias o, sencillamente, eran recién llegados a nuestros dispositivos de acogida. ¿Qué hacer con ellos?, me preguntaba.

En esas estaba una tarde a las ocho, cuando comencé a escuchar aplausos. Salí al balcón y, de repente, comencé a fijarme en los muchos niños que había allí, agitando sus palmas con ganas, mirando alrededor, como entusiasmados. Me encantó esa energía de los primeros aplausos, los más bienintencionados y espontáneos. Pensé en sus padres, en cómo ocuparían su tiempo con ellos. Ese pensamiento (continuaba la ovación) me llevó a los comentarios de mis compañeros acerca de sus propios hijos, que intercambiaban recursos, cuentos o vídeos para entretenerles.

Lo cierto es que yo estaba pergeñando ya la creación de unos audios. Su formato sería el sketch,  secuencias de unos cuatro o cinco minutos que recrearían escenarios reconocibles de la vida cotidiana, apoyados por sonidos característicos y música. Buscaba una transferencia de aprendizaje, pero, con el fin de no traicionar la vertiente comunicativa, requería de voces al margen de la mía que favorecieran los pequeños diálogos y ofrecieran una mayor paleta de colores. ¡Los niños!, exclamé. Con los últimos aplausos, me encaminé hacia el ordenador y lo anuncié. La disposición de sus padres fue absoluta, la implicación de sus hijos -niños, niñas y adolescentes-, magnífica.

De esta forma, durante cuatro semanas, les fui enviando unas guías de audiciones y mensajes personalizados. En ellas, junto a las frases que debían registrar, introducía una suerte de metalenguaje infantil para que se sintieran auténticos colaboradores, por lo que les explicaba los objetivos y los destinatarios. Su estructura era modular, de manera que cada persona hiciera justo lo que le apeteciera, sin ninguna exigencia innecesaria. Además, como ocurrió, si alguno de ellos no deseaba grabar su voz, pero sentía especial predilección por la música, por ejemplo, podía enviarme algún pasaje interpretado al piano, que también introduciría en el producto final. Y, así, conformamos entre todos -también con el concurso de sus progenitores-, un repertorio amplio para generar, durante el confinamiento, audios semanales, que recibían los alumnos en sus móviles, listos para reproducirse.

Como ven, los escenarios de una ONG son muy diversos. Más, si cabe, en una pandemia. Se requiere de cierta predisposición a la novedad para poder responder a lo inesperado; pero a sus dificultades se suman también pasajes conmovedores, historias humanas llenas de intención y empatía. Así acontece también en nuestra sociedad.

Comenzaba este texto hablando de puertas cerradas. Permítanme concluirlo con una ventana que queda abierta, la de un aula, con la confianza de que hayan percibido los procesos, intuido los vínculos, vislumbrado sus dinámicas; así como el esfuerzo de unos alumnos y de unas alumnas, personas de otras tierras, que se integran, que aportan y que, sin duda alguna, también enseñan.

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