«En un país en el que hay guerra, el coronavirus es una preocupación menor»

«En un país en el que hay guerra, el coronavirus es una preocupación menor»

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Diego Aitor San José | Altaveu #5 2020

La expansión del COVID-19 obligó a Valencia a guardar una cuarentena temporal y a ahondar en el confinamiento permanente de la Franja

Si Ahmed, Mahmut, Taima, Abdul y Zaid atravesaran el Mediterráneo con la mirada puesta en el sureste encontrarían las calles de Gaza, sus orígenes. Las paredes de las casas, que durante dos meses y medio han confinado a la València de actividad cotidiana, son los muros que Khaled ve cómo rodean la Franja, en un bloqueo por parte de Israel que cumplió trece años este pasado mes de junio.

Si en Valencia el Mediterráneo es símbolo de amanecer, en Palestina lo es de atardecer; del mismo modo, el verbo ‘confinar’ en la ciudad del Turia tiene un carácter temporal, mientras que en los 41 kilómetros de largo y los entre 6 y 12 kilómetros de ancho de la Franja(1), el encierro es prácticamente perpetuo. El coronavirus ha puesto al mundo en cuarentena, y la conversación sobre estar resguardados en casa es un asunto prácticamente planetario, donde preocupación y miedo han roto fronteras; pero también han remarcado diferencias. 

Los túneles que conectan clandestinamente la Franja de Gaza con Egipto sirvieron para que Ahmed, de veintipocos años, y su hermano, salieran de Palestina en 2014; en medio del bombardeo israelí en el que murieron más de 2000 personas. Desde Egipto su hermano se embarcó a Italia y llegó hasta Bélgica, mientras que Ahmed fue por tierra hasta Melilla. Allí pidió el asilo político. Hoy, el mar, el clima y la naranja de Valencia forman un cuadro cromático similar al de su Jan Younis natal. 

La desescalada le permitió volver al restaurante italiano sustento del que una parte vuela hasta Gaza. “El confinamiento lo he pasado como un trabajador más: con un ERTE, en casa, sin salir más allá de ir a comprar y con muchas videollamadas”. Estas videollamadas marcan la diferencia. Al otro lado del teléfono, con la batería siempre agonizante, han pasado muchas preocupaciones acrecentadas por la distancia. “Mis padres me pedían que me cuidara mucho, que no saliera, que me pusiera la mascarilla, estaban asustados por lo que les llegaba de España”.

 “Mis padres estaban asustados por lo que les llegaba de España”.

¿Y tú, no has estado asustado por tus padres?

Sí, pero no tanto. En un país en el que hay guerra, el coronavirus es una preocupación menor. Mi madre dice que durante el confinamiento todo el mundo ha estado viviendo como los palestinos de Gaza.

Había quienes decían que estábamos en guerra contra el virus…

Durante la cuarentena estás en casa tranquilo sabiendo que, si no sales, no te va a pasar nada; pero en una guerra, en un ataque, estás nervioso y preocupado por si caen las bombas sobre tu casa. Puedes morir estando en tu casa, no hay un sitio seguro.

“El confinamiento ha sido duro, muy duro”. Quien habla es Mahmut, con la mano de su mujer Taima sujetándole las palabras. Han pasado ocho años desde que él salió de Jabaliya, al norte de la Franja, hacia España y tres desde que ella siguiera el mismo camino migrante. La cuarentena les ha complicado su realidad, que parecía haberse encauzado en los últimos meses. 

“En Gaza hay luz cuatro horas al día y hay que planificarse para hablar con la familia porque no siempre que se quiere, se puede”.

Hoy Mahmut sufre el desempleo, tras ser despedido de su puesto de televenta de una start-up valenciana, y Taima ha visto interrumpidas sus clases para entrar en la universidad y convalidar sus estudios de Administración y Dirección de Empresas. “Hay mucha incertidumbre sobre cómo se van a hacer las clases, los exámenes, y es un problema para nosotros porque Mahmut está en paro y ya no tendremos dinero para más clases, ni cursos, y yo tengo que sacarme ya mis títulos”, explica Taima.

Todo su mundo se ha visto reducido a las pantallas y a los enlaces virtuales con videollamadas programadas. “En Gaza hay luz cuatro horas al día y hay que planificarse para hablar con la familia porque no siempre que se quiere, se puede”. La comunicación a través de aplicaciones con sonidos entrecortados, retardo e imágenes, en ocasiones borrosas, ha sido protagonista en la vida de esta pareja, que tuvieron que casarse por Skype, con él desde España y ella en Gaza. 

Las llamadas van desde las banalidades habituales que dan sentido al arrastre del reloj por las horas, hasta la obvia preocupación por la salud. Más de Gaza a Valencia que viceversa. Para la pareja, no obstante, una cuarentena en España, comparada con la realidad que viven en Gaza, es “otro mundo, del infierno al paraíso”. “Aquí tenemos electricidad todo el día, Internet, las calles están limpias, se desinfecta y hay equipos médicos, mascarillas, geles, una sanidad organizada y seguridad”, explican. 

“¿Por dónde iba a entrar el virus si estamos cerrados por tierra, mar y aire?”

Con ellos está Yazan y su mujer, refugiados palestinos originarios de Jenin, Cisjordania. “Claro que nos hemos sentido solos, día a día, en una situación así lo que quieres es ver a la familia, estar con ellos, saber que están bien”. “Mi mujer se vino en noviembre, dejó a su familia allí y a los pocos meses hemos tenido que confinarnos”, relata Yazan. Ella está embarazada de siete meses y desde el cuarto mes la atención ha sido exclusivamente telemática. Él, “al menos”, dice aliviado, mantiene su trabajo como mecánico en un taller de coches. 

Abdul y Zaid se consideran gazatíes sin haber podido pisar nunca la tierra de sus padres, que también consideran suya. La cuarentena les ha pillado entre las limitaciones de pisos compartidos en Valencia, desde donde reciben el calor mediterráneo que nunca pudieron disfrutar en Gaza. En las conversaciones con sus familias -la de uno en Marat, Siria, y la del otro en Saïda, Líbano-, a veces se edifican las calles de una infancia y adolescencia lejana antes de poder salir de la Franja y arrastrar el anhelo de volver durante generaciones. 

El coronavirus siempre aparece en las conversaciones. “Mis padres son mayores y si se contagian tienen mucho riesgo”, señala Abdul. Las preocupaciones tienen pasaje de vuelta, ante la falta de trabajo del joven de 32 años, arquitecto de interiores, que recibe cada mes una ayuda familiar desde el otro lado del Mediterráneo y otra en forma de alimentación de la comunidad palestina en la ciudad. La situación de Zaid es parecida, con la agravante de que en noviembre se rechazó su petición del asilo. “Me decían que en Líbano no había problema, pero yo no soy refugiado de Líbano, yo soy refugiado de Palestina, tal y como dice la UNRWA (Agencia de Naciones Unidad para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo), porque mi hogar y el de mi familia es Gaza”. 

Hicham cuenta desde el coche que en el momento en que surgió el coronavirus su mirada se posó en Gaza, la tierra de la que salió hace 27 años y a la que no vuelve desde hace 12. “Tengo a toda la familia allí”, indica tras señalar que habla con ellos “al menos, dos veces al día, todas las semanas”; “nos echamos mucho de menos”. “Ellos, nosotros, mi familia, tenían coronavirus antes del coronavirus, vivían encerrados, con miedo y con varias enfermedades mucho antes que el resto del mundo”.

Los consejos y las peticiones de tener cuidado van de un lado al otro del Mediterráneo. “Ellos se preocupan por lo que ven que pasa aquí, pero allí la situación es muy difícil, las casas no tienen buen aislamiento y las calles son muy estrechas. Si hay un contagio, se multiplica enseguida seguro”, señala Hicham, quien ha contado con dificultades económicas en los últimos meses al estar de baja médica y no haber cobrado nada del trabajo que estaba realizando en el Mercado Central con anterioridad. Sin embargo, una parte de su cabeza está en Gaza: “si los países modernos han tenido problemas, allí será dramático”.

Khaled estaba de visita en la Franja de Gaza cuando el mundo entero paró. La expansión del coronavirus cerró las fronteras y dejó a Khaled en la casa de sus padres, a las afueras de Jan Yunis, el lugar en el que creció hasta los 19 años. Ahora, 30 años después de su salida hacia España, habla de una Franja de Gaza “que ha ido hacia atrás” a causa del bloqueo al que le somete el Estado de Israel: “la gente ya no vive, como mucho sobrevive”. 

“Aquí están en una crisis permanente desde hace más de una década”, resume el hispano-palestino, quien añade que “la única ventaja que ha traído el bloqueo a Gaza es que nos ha limitado la entrada del virus”; “¿por dónde iba a entrar el virus si estamos cerrados por tierra, mar y aire?”. El resultado, de momento, ha sido tan solo un fallecimiento detectado por el Covid-19, pero eso no ha evitado que hubiera miedo: “si el virus se hubiera descontrolado en Gaza, habría sido el final de la Franja”. 

La pandemia no fue recibida con temor por una población que sufre sus propias enfermedades, como la pobreza o la violencia militar israelí.

Tal y como explica Juanih Rishmawi de la ONG Health Work Committee (HWC en sus siglas en inglés), “en Gaza la situación de aislamiento permanente y bloqueo total por parte de Israel, presenta un contexto muy complicado porque sus medios tanto de agua, medicinas, electricidad e incluso alimentos, es muy deficiente para una zona súper poblada y bloqueada con una red sanitaria muy deteriorada y sin medios”. 

Así, la española con más de 34 años de experiencia en Palestina explica que HWC “ha realizado campañas de prevención y distribuido cartones con unos kits de contención que incluían desinfectantes, guantes, máscaras y cloro para donarlos a las familias con escasos recursos”. Por su parte, Khaled recuerda que las medidas de prevención han sido de una cuarentena de 21 días en los que “se ha cerrado todo” y un control estricto del paso de Rafah donde se aislaba a las personas que podían dar síntomas. Sin embargo, señala que apenas se ven mascarillas por la calle, tal y como recomienda la OMS.

Pese al riesgo que suponía una rápida expansión del virus por la Franja por la falta de material sanitario, la pandemia no fue recibida con temor por una población que sufre sus propias enfermedades, como la pobreza o la violencia militar israelí. “Mis padres estaban más preocupados por mi hermano y por mí que por ellos mismos”, añade Ahmed. Es una frase compartida entre los testimonios, como si las paredes de las casas propias fueran más duras que los muros ajenos, como si una realidad permanente vaya a derrumbar al que la vive solo una vez. Quizás el miedo y la preocupación naveguen más rápido que las videollamadas de orilla a orilla del Mediterráneo.


(1)  La Franja de Gaza es un territorio palestino ubicado al sur de Israel, pegado al mar Mediterráneo y con frontera con Egipto por el sur con una extensión de 41 kilómetros de largo y entre 6 y 12 de ancho donde viven dos millones de personas. Tras la guerra de independencia de Israel en 1948, esta área fue administrada por Egipto hasta que en 1967 fue ocupada militarmente por Israel. En 2005 dejaron la ocupación militar, pero mantuvieron el control sobre las fronteras, el espacio aéreo y sus territorios marítimos. Se considera la cárcel a cielo abierto más grande del mundo porque se encuentra bloqueada desde 2007 con un control absoluto de cualquiera de sus entradas o salidas por parte del Estado de Israel, con muros y vigilancia marítima y sanciones económicas. Por ello, los túneles clandestinos acaban siendo una forma de entrar o salir burlando las restricciones israelíes (y egipcias). La Franja vive una situación dramática con un desempleo de más del 50%, pobreza y escasez de recursos energéticos, además de ser víctimas de bombardeos cada cierto tiempo por parte del Estado de Israel, que considera que esta región está controlada por yihadistas.

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