Aire

Ana Sales Ten | Altaveu #5 2020

Aire, faltaba aire, pero esta sensación de ahogo no era la primera vez que Saúl la sentía. Ya la vivió en Colombia aquel fatídico día en el que, mientras hacía su ruta como conductor, le llegó un panfleto con un mensaje amenazante contra él; y desde aquel momento todo empezó a cambiar y su participación como líder comunal pasó de ser una lucha por la defensa de los derechos humanos a ser una lucha por salvar su vida.

En aquel momento, una extraña sensación a modo de calambre nervioso recorrió todo su cuerpo acompañado de un sudor frío que, en pocos segundos, le hizo percibir un temblor en sus manos y en sus piernas. Su mente se abstrajo unos minutos, pero ¿yo?, ¿por qué yo?, se preguntó; en ese instante su cabeza hizo un repaso rápido de su participación en actividades de promoción y defensa de los derechos y libertades de sus vecinos, en sus humildes pero populares discursos reivindicando los derechos económicos, sociales y culturales de su comunidad, y con el cuerpo casi inmóvil y la mente fría tomó conciencia: “me han puesto en la línea fuego”.

Él no era el primero; desde la firma del Acuerdo de Paz en 2016, el incremento de las agresiones contra las personas defensoras de derechos humanos y líderes sociales había crecido de manera significativa en el país, pero fue entonces cuando empezó a entender. Su mente secuenció escenas vividas y conversaciones mantenidas que hasta la fecha no había interpretado con claridad, y pensó: era cierto, ellas tenían razón, eran acusaciones infundadas. Saúl entendió en ese preciso momento, que las acusaciones esgrimidas contra otras personas activistas eran falsos discursos emitidos con el fin de estigmatizar y utilizar como argumento contra ellas; y que, al igual que en otros casos, la falta de investigación dejaría impunes a los agresores y en situación de desventaja y desprotección a las víctimas.  Ahora le había tocado a él.

Aire, faltaba aire. Otra vez esa sensación, otra vez esos nervios, manos temblorosas, preocupación e incertidumbre; al tiempo que confianza y esperanza, se aproximaba el momento en que debía contar a unas personas desconocidas su historia de vida, y exponer con claridad y coherencia sus motivos para solicitar asilo político en España. Sabía que era un momento clave, que debía tener la cabeza clara y serena para abrirse sin titubeos a pesar de que su familia y su corazón estaban a mas de 7000 kilómetros de distancia. 

¿Cómo entrar a formar parte de una nueva comunidad cuando la mente y el corazón están en otra?

Pocos días después, Saúl era incluido en el Sistema de Acogida e Integración para personas solicitantes de protección internacional y, siguiendo la estrategia establecida, ingresaba en un dispositivo de acogida gestionado por una ONG de la Provincia de València, donde iniciaría su itinerario de preparación para la autonomía. Parecía que todo pudiera empezar de nuevo, pero el impacto de la experiencia vivida, el miedo ante su persecución, la suerte que pudiera correr su familia, sus vecinos y otras personas defensoras de los derechos en sus comunidades, no le permitían separar su realidad “aquí y ahora” del contexto político y social de su país; una realidad que limita su capacidad para comunicarse, para generar nuevos vínculos y relaciones sociales. 

¿Cómo entrar a formar parte de una nueva comunidad cuando la mente y el corazón están en otra? Una gran dualidad a la que se enfrentan las personas solicitantes de protección internacional, una dicotomía que la mente apenas es capaz de racionalizar; sobre todo, cuando entra en juego el desasosiego que genera la espera de la resolución del expediente de asilo, que puede llegar a demorarse hasta dos años. ¿Cómo podemos esperar que una persona se integre ante tanta desazón? Somos conscientes que vivimos en sociedades líquidas, conforme las define Bauman, sociedades basadas en el consumo, en el presente, sociedades utilitarias, llenas de incertidumbre y desconfianza, en las que nos cuesta crear una red de relaciones humanas y solidaridad, que vaya más allá del tejido social que configura el sector de las organizaciones no gubernamentales. 

Esta realidad social se refleja en los procesos de acogida e integración de las personas solicitantes de asilo. El sistema de protección garantiza la cobertura de necesidades básicas y la preparación para la posterior salida del mismo, pero no interpreta como inherente la competencia en política de integración, transferida a las comunidades autónomas y, en el caso que nos ocupa, a los municipios. Esta redistribución contribuye a incrementar la sensación de inseguridad, a percibir una falta de empatía y sensibilidad social; a hacer real ese miedo líquido que, retomando a Bauman, describe la incertidumbre, la ignorancia sobre la amenaza, nuestra incapacidad para determinar cómo debemos actuar. Un miedo que toda la sociedad pudimos sentir cuando la noche del 14 de marzo se anunciaba la aprobación del estado de alarma por la situación de crisis sanitaria ocasionada por el Covid-19, y que, en el caso de Saúl, como en el de otras muchas personas solicitantes de protección internacional, venía a incrementar los efectos de una historia emocional que se gestaba entre dos tierras. 

Aire, faltaba aire. Otra vez había vuelto esa sensación, pero esta vez el corazón no latía rápidamente, ni el sudor era producido por los nervios, ahora el corazón parecía ir a cámara lenta, sentía frío y calor al mismo tiempo, y una sensación de debilidad en sus piernas que no le permitía levantarse de la cama. Apenas diez días después del inicio del estado alarma, Saúl ingresaba en uno de los hospitales públicos de referencia en la provincia de València con solo tres datos que le identificaban: varón, de 49 años y diabético. Unas horas más tarde fue diagnosticado como paciente de COVID-19.

Su mente apenas podía pensar, sabía que la noche anterior había hablado con su esposa y sus hijos, y que hacía 5 meses que había llegado a València, pero hoy sentía un gran vacío; una sensación extraña que se diluyó en unas horas. Lo siguiente que escuchó fueron unas voces que sonaban alegres, incluso con risas entrecruzadas con palabras. Saúl quería saber qué pasaba, y miró a la espera de una respuesta a esas personas sonrientes que le asistían: “ha vencido el Covid, sale de la UCI, vamos a trasladarle a planta, ¡enhorabuena!”. Tras un tiempo de silencio y algo desconcertado quiso saber qué día era, “Domingo de Pascua”, le indicó con satisfacción una enfermera.

 Ahora tenía una nueva oportunidad, algo había cambiado en él.

De nuevo el miedo se apoderó de él y como pudo preguntó: “¿y mi familia?”, “todo en orden” le contestaron, “el equipo de Cruz Roja ha estado en continuo contacto con su mujer y con nosotras”. Su recuperación era satisfactoria, pero el tiempo que había pasado entubado con el oxígeno había aminorado su capacidad para hablar, y sus pensamientos oscilaban entre el deseo de comunicarse y el efecto que produciría en su familia verle en esas condiciones. 

En esos días un sinfín de interrogantes se apoderaban de sus pensamientos: ¿cómo volver a la vivienda?, ¿habrá rechazo por parte de los compañeros?, ¿qué pasará ahora con mi proceso de autonomía?, ¿cómo voy a trabajar? El Covid, sin duda alguna, suponía un retroceso en su integración, pero el sistema había previsto un recurso excepcional para su recuperación definitiva y, tras el alta médica, pudo pasar la cuarentena en un hotel medicalizado.

La psicóloga de Cruz Roja le insistía cada vez que hablaban: “hay que vencer el miedo…” Saúl empezó a leer entre líneas, en menos de un año su vida se había trastocado drásticamente, pero ahora tenía una nueva oportunidad, algo había cambiado en él y un halo de esperanza se abría en su interior. Y sin más, una tarde conversando con otro paciente en el hotel medicalizado, Saúl le dio voz a su historia y sin esperarlo se le abrió una nueva puerta.

Aire, había aire, ¡ahora sí! 

Quizás la pandemia pueda servir para que seamos capaces de resituar muchas cosas a las que hasta el momento no les dábamos importancia, quizás sirva para aprender a escuchar y conocer mejor a las personas, quizás comprometa a la clase política a trabajar por co-construir sociedades más humanas, justas, y solidarias; o quizás en unos meses observemos que no hemos querido aprender nada, pero entonces, esa será otra historia que contar. 

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