Los retos psicosociales durante la pandemia

Los retos psicosociales durante la pandemia

Carolina Flores Monsreal | Altaveu #5 2020

Hace unos cuantos meses, nadie se hubiera imaginado los cambios que han tenido lugar en nuestra vida en todos los aspectos: sociales, sanitarios, en nuestra rutina diaria…

El confinamiento, el miedo, la incertidumbre, la ausencia de control, son algunas de las experiencias que nos han hermanado mundialmente. Todas las personas de este planeta, en diferentes medidas, nos hemos visto obligadas a afrontar retos que nunca antes habíamos vivido, generados por una entidad microscópica, invisible a nuestros ojos. 

Sin embargo, muchas de esas experiencias y emociones son parte de la cotidianeidad de las personas que se ven forzadas a dejar su lugar de origen por encontrarse su vida y la de sus seres queridos en peligro. La incertidumbre, el confinamiento, el miedo al futuro, la rabia ante la pérdida de lo certero, de lo conocido, son tristemente parte de su día a día, en su país de origen, e incluso durante el viaje de huida. 

La Ley 12/2009 reguladora del derecho de asilo y protección subsidiaria, reconoce como motivos de asilo la raza, religión, nacionalidad, opiniones políticas, pertenencia a determinado grupo social, de género, u orientación sexual. Motivos que expresan de manera muy simplificada experiencias aterradoras que constituyen profundas agresiones, especialmente a la identidad de las personas.

Esas experiencias dejan una huella en la salud mental de quienes las sufren, la cual, con el apoyo psicológico y social necesario, se puede resignificar y disminuir su intensidad.  

Se suma una doble preocupación por lo que sucede aquí y en el país de origen.

Algunas de las secuelas principales de haber sufrido experiencias que implican un riesgo vital para la persona son la reexperimentación, la hipervigilancia, la evitación, entre otras. Cuando estamos ante un peligro inminente del cual es imposible escapar, nuestra mente trata, ante todo, de protegernos y, en ocasiones, se desconecta de nuestras sensaciones de ese momento, pero eso no quiere decir que no se estén percibiendo; es así que pueden quedarse asociados, a esas terribles sensaciones y emociones, elementos del entorno, que pueden ser muy diversos; como olores, sabores, colores, el aspecto físico de la(s) persona(s) agresora(s). De modo que al sentir el mismo olor, sabor o al ver una presencia física similar, la persona reexperimenta los daños vividos, no a modo de recuerdo, sino que siente y vive de nuevo las atrocidades pasadas y se desencadenan respuestas de miedo intenso, de vigilancia constante, pues el sistema de alarma está permanentemente activado. Por eso mismo, se evita hablar de estas experiencias, pues incluso con el simple hecho de nombrarlas, se desencadena la reexperimentación y el dolor.

Es importante recalcar que, ante todo, son reacciones normales y de defensa ante situaciones anormales, extrañas, inesperadas, injustas…

La reciente vivencia del confinamiento, no obstante, ha tenido diversidad de respuestas entre la población, y también por supuesto en las personas solicitantes de protección internacional. Algunas personas han visto volver antiguos temores, otras tantas se encuentran inmersas en temores más actuales ante la inestabilidad económica, al perder la tan ansiada y costosa inserción laboral. Es interesante que para muchas de las personas que han sufrido el desplazamiento forzoso, el confinamiento por la COVID-19 ha sido vivido como una medida de protección, de cuidado del propio Estado, que en sus países de origen muchas veces no existe siquiera como tal; lo cual, por supuesto, no implica que no exista miedo ante la pandemia, a lo que se suma una doble preocupación por lo que sucede aquí y en el país de origen, en muchos de los cuales los recursos y sistemas sanitarios son bastante precarios o inaccesibles económicamente. 

La identidad es una representación psíquica interna de una realidad social externa. Por lo tanto, nuestra identidad también se conforma de los elementos del contexto en los que nos desarrollamos, tanto físicos, intra e interrelacionales como históricos. Las experiencias que estamos viviendo derivadas de esta pandemia mundial marcarán nuestra identidad individual y colectiva, independientemente de nuestros lugares de nacimiento. 

Por ejemplo, los fallecimientos derivados de la COVID-19, en los que no ha sido posible elaborar un ritual de duelo, que, inevitablemente, nos enlazan con los duelos complejos y no resueltos de las familias que un día, sin más, dejaron de ver a sus seres queridos, a personas que han sido desaparecidas por la defensa de los derechos humanos, ecológicos o bien por el mero hecho de ser mujeres; constituirán parte de la narrativa histórica e identidad colectiva mundial.

Las muertes por COVID-19 de personas solicitantes de asilo, añaden un duelo que se complica aún más en personas que ya están procesando otros, derivados de su migración forzosa, como el duelo por haber dejado su país, su idioma, su estatus, sus familiares… Y suponen una reexperimentación de pérdidas vividas en su pasado.

La importancia del Sistema de Acogida e Integración estriba en proporcionar a las personas solicitantes de asilo no solo los recursos para satisfacer sus necesidades básicas, sino también contextos y espacios de apoyo y encuentro, en los que mediante el trabajo del equipo técnico de intervención se desarrollen no solo la atención psicológica, social, lingüística, jurídica, laboral, sino también se fomenten redes de apoyo social y la vinculación con la sociedad de acogida, a fin de hacer realidad una integración real, la cual es tarea de todas las partes implicadas en este proceso.

Es esencial recordar y resaltar que nuestra capacidad de proteger al que más nos necesita es lo que nos hace humanos/as.

Sin importar el lugar específico de nuestro nacimiento, vivimos en la misma aldea, el planeta tierra. Como humanidad, hemos experimentado históricamente vivencias globales, como las guerras, hambrunas, epidemias; crisis de tal envergadura que sacuden los cimientos mismos de las sociedades y las personas. 

Hemos demostrado a lo largo de nuestra historia que los seres humanos somos capaces en las peores condiciones, de las bajezas más viles, pero también de enormes proezas. Las personas tenemos una gran capacidad de recuperación y resiliencia. La clave de la misma es la capacidad de flexibilidad y adaptación, por tanto, de aprendizaje incluso en condiciones extremas; los testimonios de las personas solicitantes de asilo son grandes ejemplos de ello. Y podríamos aprender y mucho, de ellos/as.

Esta pandemia global conlleva muchos y grandes retos en todos los niveles. Quizás uno de los aprendizajes que nos debería dejar como sociedades es que formamos parte de un todo global, que nuestras células son las mismas, independientemente del lugar donde hayamos nacido o las creencias que tengamos, y que lo que sucede en una ‘casa’ de la aldea Tierra afecta a todas, porque todos/as estamos interconectados/as. 

Es esencial recordar y resaltar que nuestra capacidad de proteger al otro/a que más nos necesita es lo que nos hace humanos/as. La mayor protección que podemos darnos, ante todo, nace de la compasión y la empatía, pues el cuidado del otro/a y la responsabilidad colectiva nacen del amor y la propia estima que nos tengamos a nosotros/as mismos/as. Y este amor a uno/a mismo/a solo puede darse si hemos conocido y recibido en nuestra más tierna infancia el amor y aceptación incondicionales. 

En estos tiempos de mascarillas y distanciamiento, el mayor reto posiblemente sea resignificar nuestras relaciones con nosotros/as mismos/as y con las demás personas, buscar modos de cercanía emocional por encima de la física, sentir y hacer sentir al otro/a, con amabilidad y certeza aun en la incertidumbre, darle su justo lugar al miedo, porque es una emoción que nos humaniza y moviliza al cuidado; porque todos/as formamos parte de la misma familia. 

Volquémonos, pues, en mirarnos a los ojos del alma a través de las mamparas, las pantallas protectoras y sonriamos a través de las mascarillas. A pesar de –y con- la distancia y las barreras, aprendamos juntos.

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