Finalistes del concurs de microrrelats 2018- La Nostra Ciutat el teu Refugi.

Durant els mesos de juny a octubre del 2018, des del projecte La nostra ciutat, el teu Refugi,llencem la segona edició del concurs de microrrelats La Nostra Ciutat el teu Refugi,perquè la ciutadania expressara la seua visió de la situació de les persones refugiades i la convivència en les ciutats d’acollida.

Vàrem rebre un total de 52 microrrelats procedents de diferents llocs d’Espanya i d’altres països com Argentina, Mèxic i Nova Zelanda.

Emés el veredicte del jurat el 13 de novembre de 2018, es presenten a continuació els finalistes de la II Edició del Concurs de Microrelats de La Nostra Ciutat, el teu Refugi,que han sigut publicats en el Butlletí Altaveu (núm.2) disponible en la web:

http://lanostraciutatelteurefugi.com/wp-content/uploads/2018/12/altaveu-02.pdf

Finalistas del concurso de microrrelatos 2018- La Nostra Ciutat el teu Refugi

Durante los meses de junio a octubre de 2018, desde el proyecto La nostra ciutat, el teu Refugi, lanzamos la segunda edición del con­curso de microrrelatos La Nostra Ciutat el teu Refugi  para que la ciudadanía expresara su visión de la situación de las personas refugiadas y la convivencia en las ciudades de acogida.

Recibimos un total de 52 microrrelatos procedentes de diferentes lugares de España y de otros países como Argentina, Méjico y Nueva Zelanda.

Emitido el fallo del jurado el 13 de noviembre de 2018, se presentan a continuación los finalistas de la II Edición del Concurso de Microrrelatos de La Nostra Ciutat, el teu Refugi,que han sido publicados en el Boletín Altaveu (nº2) disponible en la web:

http://lanostraciutatelteurefugi.com/wp-content/uploads/2018/12/altaveu-02.pdf

CATEGORIA MAJOR D’EDAT

CATEGORÍA MAYOR DE EDAD

 

Dos opciones

Aaron Sanchez -Molina Pando. Santander, España

Imagínate, por un momento que solo tienes dos opciones: luchar o Irte.

Si tomas la primera, el resultado será la muerte, la tuya o la de tus seres queridos.

Si tomas la segunda, dejarás mucho atrás: tus bienes per­sonales, tus raíces y a muchas personas (familiares, amigos, compañeros…)

Parece que tienes la decisión tomada. Cualquier persona huiría de la lucha, del conflicto, con el fin de sobrevivir, ¿verdad?

Y si te preguntase, ¿dónde huirías, si todo tu país está en guerra?

La respuesta sería automática. A otro país. Preferiblemente, a un país que se hablase la misma lengua, con las mismas costum­bres, que tuviese oportunidades de futuro para ti y para tu familia.

Y si ese país vecino te negase la entrada, ¿qué solución to­marías?

Irías a otro país, aunque no fuese un país tan similar, seguro. Aprenderías el idioma, te acostumbrarías a su forma de vivir y te esforzarías por buscar un futuro mejor.

Y si no dependiese de ti la entrada en el país. ¿Qué se te ocu­rriría hacer?

Irías donde te mandasen, ¿no? Te daría igual el país, la cul­tura, la religión, todo. Aprenderías a vivir en ese país con el fin de sobrevivir.

Ahora imagínate que te dicen que no puedes entrar. Que todos los países posibles han acogido ya a cientos de personas como tú. ¿Qué harías?

Te quedarías a luchar en tu país. No tienes otra opción. Lu­charías por ti y por tus seres queridos.

Ahora, imagínate por un momento que esto que te estoy contando te pasa de verdad a ti. Te doy opciones, te doy la opor­tunidad de sobrevivir y te la quito al mismo tiempo. Al final, no podrás decidir sobre tu futuro, sobre tu vida. Te di dos opciones, pero soy yo quien tomará la decisión. Si vives o mueres.

Viaje al Sur

Fernando P. Ramirez Rosales – Bogotá, Colombia

Osmara tenía 26 años, pero el cabello rebelde, el atuendo maltrecho y la incertidumbre en el semblante reflejaban una longevidad prematura. La pérdida de peso había transformado su silueta de curvas en una línea recta. La anemia había marchitado su vitalidad y la angustia eclipsado la luz en sus ojos.

Se recostó a un lado de la calle sobre una pequeña área verde y se quedó dormida en un mar poco profundo de sueños donde imágenes de su vida en Maracaibo se movían suavemente, como peces de coral. Se veía sonriendo con sus dos hijos en un paseo vespertino bajo los últimos rayos de sol y los aromas de patacón y escabeche costeño revueltos con aires alisios.

Descendía de su vuelo onírico, como dudando si aterrizar en la realidad. Muy lejos, detrás de ella, sabía que dos estrellas brillaban mientras el sol se ocultaba.

Recorrió cientos de kilómetros para huir de una pesadilla; viajando hacia el sur, más cerca del alba. Pero el suelo que pisa ahora no reconoce sus huellas. Bogotá es la tierra prometida que no garantiza nada.

Su arribo a esta ciudad es una versión cruel de selección na­tural. En el camino quedaron esperanzas rotas y luces apagadas por sombras sicarias. Mientras Osmara vende sus caramelos en la calle, se da cuenta que cada día es un pequeño paso hacia el amanecer; y se sobrepone a la conmoción, como se adapta uno al agua fría que recorre el cuerpo desnudo.

Ya dormida en el silencio del refugio distrital, siente que un viento tibio comienza a soplar, directamente hacia ella, desde el porvenir. Se deja arrullar por los augurios.

Cuando abre los ojos, se da cuenta que el sol se asoma por la ventana. Es un sol reluciente que parece cantarle vallenato solo a ella.

Rizoma

Julieta Sanchez- Neuquén, Patagonia Argentina

En una clase, un profesor dijo:

-Las naciones se constituyen en un ‘nosotros’ a partir de una ‘diferencia’ que excluye al ‘otro’. Pero la idea de nación es solo eso, una idea. Las personas refugiadas sí son reales y necesitan nuestra ayuda.

De a poco, el mensaje se fue expandiendo de forma rizomática.

 

Canela

Jara Rupérez Martínez- Madrid, España

Lo primero que te abrazaba era el olor a canela. Salía des­pedido desde su pecho en cuanto abría los brazos para acogerte. Mi madre, no sabía ayudarme con los deberes de Matemáticas; ni distinguía si escribía faltas de ortografía al dictado, pero una mirada suya era como una radiografía del alma. Penetraba, diagnosticaba y recetaba abrazos. Lentos. Eternos; de los que uno no querría salir nunca y de los que quedan para siempre en la memoria. Pensaba que estando aferrado a ella nada malo podía pasarme. Ella era mi raíz en este mundo. No importaba dónde estuviéramos, ella siempre conseguía que me sintiera unido al lugar donde se encontrara. Aunque ese sitio fuera un camino tortuoso del que nunca se percibía el final; o una masa de agua enfurecida y gélida, tendiendo mil tentáculos hacia quienes osaban navegarla, buscando botines de batalla; aunque las alambradas cortaran y los muros nos escupieran que no teníamos cabida en ningún lugar. Ella. Mi madre. Extendía sus brazos, como alas protectoras, y me recordaba que siempre iba a pertenecer a algún lugar. Me empapaba de ese olor, que hacía que me viniera a la boca el sabor de los dulces que comíamos los días festivos; del horno propagando su aliento por nuestra pequeña casa. Los pies reventados, el alma rota, esa triste sensación de desprotección, esa soledad, esa amargura de los que se van quedando en el cami­no…Y siempre sus abrazos, llamándome a salir del abismo. La piel siempre erizada, las manos temblorosas, el corazón palpitante y el tren. Por fin, el tren que nos depositó justo donde se hace la luz, al final del negro túnel.

No me abrazó, me empujó de un hombro para que tomara la delantera y aspiré el aire de Valencia. Regaliz y canela. Hogar, dulce hogar.

CATEGORIA MENOR D’EDAT

CATEGORÍA MENOR DE EDAD

 

El león que no le aceptaban

Jorge Gómez Tomás. Quart de Poblet- Valencia, España

Érase una vez un león que se fue a vivir a España. Su país, que estaba por África, estaba en guerra, y viajó hasta España para evitar que nadie lo cazara.

Al llegar a España nadie le aceptaba, todo el mundo se asus­taba cuando lo veía. Si intentaba hablar con cualquier animal, este se marchaba volando, corriendo, o saltando.

Cierto día, un perro, que muchos consideraban el más bueno y valiente del mundo, se acercó y le dijo:

– Tranquilo, yo haré que todo el mundo te quiera.

– Vale, ¿pero dónde voy a vivir? – preguntó el león.

– Fácil, en mi callejón – respondió el perro con la seguridad de quien está ofreciendo su casa.

Vivieron juntos para siempre, compartiendo sus cosas, respe­tándose el uno al otro. Con el paso del tiempo, los animales de la ciudad dejaron de ver al león como un desconocido, le aceptaron, y llegó a ser uno más con todos ellos.

Pixy, el unicornio que viene a España

Leire Navarrete Gómez. Quart de Poblet. Valencia, España

Érase una vez un unicornio llamado Pixy. Un buen día, en la ciudad donde vivía, se produjo una gota fría, y todo se inundó.

-Mamá, la ciudad se ha inundado, debemos irnos a vivir a otro lugar.

– Claro que sí, hijo, coge tus cosas más preciadas – dijo su madre.

Pasó el tiempo, y Pixy y su madre recorrieron un largo viaje, en el que atravesaron lugares donde hablaban en otros idiomas, donde vestían diferente, e, incluso, la comida tenía sabores distintos.

Por fin llegaron a España, donde la gente tenía fama de ser graciosa y divertida, pero nadie les acogía, ni les daba cobijo. Un día, Pixy se encontró con Lorelei, una niña agradable y con dulce sonrisa, pelo moreno y rizado, y ojos brillantes, cargados de ilusión.

– Por favor, ¿podría ir a vivir contigo? – preguntó Pixy.

Y solo hicieron falta dos palabras, que Lorelei dijo sin miedo, y que les cambiaron la vida:

– Ven conmigo.

El alien de Valencia

Sergio Gómez Sanmartin. Quart de Poblet. Valencia. España

Érase una vez un alien que tenía la cara roja como un tomate, con la cabeza larguísima, y lo que más le gustaba era conducir su platillo volante. Vivía en Marte, pero allí se desató una terrible guerra, por lo que se vino a Valencia en su nave espacial.

Al llegar, le preguntaba a la gente si le daban algo de comida, pero todos se iban corriendo sin que él entendiera por qué. Las personas le miraban raro, nadie le hablaba, y si se acercaba a alguien, todos huían asustados. El alien pensaba “¿por qué actúan así? Soy alguien normal, no voy a hacerles nada”.

Un día se acercó a un colegio. Vio a los niños correr y jugar felices, y aprendían muchas cosas. Al acabar las clases se acercó a la directora y le preguntó si podría enseñarle las costumbres de Valencia. La directora, sorprendida, le dijo que sí. Para sorpresa del alien los niños sí jugaban con él, se reían, e incluso le abrazaban.

Cuando pasó el tiempo, y se hizo mayor, nuestro alien se quedó a vivir debajo de un árbol, no porque no tuviese casa, sino porque era la costumbre en Marte; pero todo lo que aprendió le sirvió para ser policía, y gracias a su profesión poder ayudar a otras personas.

 

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