Finalistas del concurso de microrrelatos 2017- La Nostra Ciutat el teu Refugi

Durante los meses de junio a septiembre de 2017, desde el proyecto La nostra ciutat, el teu Refugi, lanzamos un con­curso de microrrelatos para que la ciudadanía expresara su visión de la situación de las personas refugiadas y la convivencia en las ciudades de acogida.

Recibimos un total de 44 microrrelatos procedentes de diferentes lugares de España y de otros países como Colombia, Argentina y Méjico.

Emitido el fallo del jurado el 24 de noviebre de 2017, se presentan a continuación los finalistas de la primera edición del Concurso de Microrrelatos de La Nostra Ciutat, el teu Refugi,que han sido publicados en el Boletín Altaveu (nº1) disponible en la web:
http://lanostraciutatelteurefugi.com/wp-content/uploads/2017/12/altaveu_n1.pdf
CATEGORÍA MAYOR DE EDAD

El mar que tú y yo vimos

Rafael de Luque Esteban

Una ola. Luego, otra que llega. Ya son dos, que se abando­nan; pero es extraño lo que dejan… Observo, y el sol, que antaño bronceaba tu piel, se avergüenza. Ya no quiere acariciar, solo quema. Verte allí me quema.

Otra ola. Tres, cuatro; otras nuevas se acercan. El susurro, que antes envolvía mi sueño, ahora suena a estridencia. Ya no calma, agita. Me agita verte allí, mas no despierto. Duermo. Inconforme, es cierto; pero duermo.

Olas, olas que antes iban y ahora rompen. Crestas que te envuelven, cuando te quieren, y que te escupen, cuando les sobras. Más olas… Recuerdo las de aquellos tiempos, que mecían, entre chapoteos infantiles, mis propios pasos. Buscaba su cadencia, o acaso el destello de un insólito viaje. Pero ese viaje ahora no se muestra, se desploma, derramándose ante mí.

Olas, otras cien, otras mil, más de dos mil, solo este año… Una marejada; molesta, a veces, otras silenciada. Así llegaste a mí. No erguido: exhausto, extinto. Y yo de pie, con mi pulcro uniforme, henchido de razones, que se me vacían con cada nuevo embate…

¿Cuántas olas más para entrar en ese mar? En el mar que tú y yo vimos.

 

Los de afuera

Miguel Fernando Payán Ramírez

“Todos culpaban a los de afuera, sin pensar que la maldad vive en todos lados…”

 

Rayuela de guerra

Christopher Acuarela

-´´Mamá me ha dicho que puedo salir a la calle de al lado a jugar con mis amigas a la rayuela; pero dice que debo tener cuidado. Hay hombres malos fuera.

– Hoy, mi mamá, mi hermano y yo nos hemos escondido en un sótano que había en el edificio. Nunca había estado allí. Estu­vimos poco tiempo, nos sacó mi papá; pero no me enteré porque me quede dormida en el pecho de Mama

– Mamá no me deja salir de casa. Será por los cohetes que hay todos los días.

– Mi papá no ha venido a casa últimamente. Mamá está triste.

– Hacemos las maletas por la mañana, parece que vamos de viaje unos días. Mi mamá ha dicho que solo tenemos que llevar lo necesario.

– Las carreteras están vacías, a veces veo coches metálicos muy grandes que pasan haciendo ruido. Mamá nos hace taparnos los ojos y oídos.

– Mi mamá discute con unos señores, mientras mi hermano y yo estamos en el coche. La cogen con fuerza y ella se enfada. Mi hermano parece que está malito.

– Según mi mamá, los señores de antes nos han regalado un viaje en barco. Mi hermano está tosiendo sin parar y tiene fiebre.

– Hoy no he visto a mi hermano. Mamá me ha dicho que se ha adelantado y que lo veríamos luego. Mamá llora.

– Subimos al barco pero parece un flotador gigante muy naranja. Tengo miedo, aunque mi mama me abrace todo el rato. Espero que pronto nos reunamos con papá y mi hermano. Así estaremos todos juntos.

CATEGORÍA MENOR DE EDAD

Nacira

Aitana Monzón Blasco

Caminamos descalzos, contemplando el pavor que nos rodea. Corremos como el rayo para adentrarnos en un callejón oscuro. Una anciana cubierta de polvo indica nuestro camino. Hemos de bajar por una alcantarilla. Mi hermano llora, yo maldigo el país en el que me ha tocado nacer. Dejamos pasar primero a la señora, pero se niega: dice que aquí nació y aquí morirá.

Entonces oímos un ruido atronador. Nos han descubierto. Vienen con armas y más artefactos. Mi madre me obliga a entrar en el agujero y, aunque quiero resistirme, me empuja, gritando que todo saldrá bien.

Desde abajo, unas manos me arrastran con ellas e in­dican seguirlas. Vuelvo la vista hacia la luz. Mi madre y hermano tendrían que estar ya aquí. Alguien se dispone a tapar el agujero. “¡Mamá!” Un estallido retumba el subsuelo. Un destello ciega por completo mis ojos que, pobrecitos, siguen abiertos ante el brutal acontecimiento. Una bomba es lo que faltaba en estos momentos. Reacciono con rapidez. “¡Mamá! ¡Khâlid!” Pero es demasiado tarde… Ya no puedo volver atrás en el tiempo. Ahora todo lo que veo es oscuridad.

– ¿Cuál es tu nombre? –pregunta una mujer, aparente­mente agradable. Ve en mis ojos desesperación, miedo, nostalgia. Su abrazo me reconforta. Lo que más necesitaba era calor.

– Nacira.

– Bueno, pues a partir de ahora ya no vas a pasar miedo, ¿vale?, porque somos tu nueva familia. Vamos a cuidarte y a quererte. Jamás dejaremos que te pase nada malo.

Nos alejamos del aeropuerto, dejando atrás Siria, de­jando atrás la guerra, dejando el hambre, dejando a lo lejos un lugar llamado “desolación”.

La diferencia es que aquí no hay polvo. No hay bombas…

Ni siquiera hay oscuridad.

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